lunes, 28 de octubre de 2013

A los niños se les perdona todo


Por estos días varias veces me he encontrado en plena broma de niños en la calle y me he avergonzado de mi primera reacción. Me explico. De camino a casa de mi abuela me topé con unos pequeños bandidos tirándole boliches a los carros. Yo le digo boliches al fruto de un tipo de palma que hay en muchas cuadras de La Habana, es verde, pequeño pero robusto y duele cantidad si te da. Cuando digo pequeños bandidos me refiero a tres negritos y dos blanquitos llenos de churre, todos sobres los 10 años, sin pullover, con short ripiao y algunos descalzos que es como mejor se mataperrea.

Era un barrio bueno. Es decir, no estamos hablando de ningún barrio marginal o de fama similar. Al contrario, era una cuadra de las tranquilas y con cierta paz de suburbio americano. Pero, repito, los niños se dedicaban a tirarle boliches a cuanto carro pasara frente a ellos. Los choferes se bajaban, protestaban, les gritaban cualquier cosa bien amenazante y seguían su camino. Los niños volvían a tirarle en pleno parabrisas un boliche. Los tipos se bajaban de nuevo, trataban de atrapar corriendo a los bromistas y, por supuesto, no había quien cogiera a ninguno de esos cabroncitos.
Mi primera reacción fue pararme a mirar, mentira, a chismear, y a protestar para mis adentros y solidarizarme con los dueños de los carros. Pero David, no seas descarado, tú hacías lo mismo y peor. Entonces recordé que con 14 años cuando salíamos de las discotecas nos dedicábamos a todo tipo de maldades, algunas verdaderas hijeputa'. De esa manera no quedó una ventana de cristal de las escuelas intacta, a todas les tirábamos piedras, cocos, palos, cualquier cosa que encontráramos. Con los carros éramos peor. Para entrar a Alamar hay que transitar por una carretera con una loma a la derecha. Pues allá nos subíamos nosotros dando miles de vuelta, entre matorrales, espinas, trincheras y tanques de guerras. Luego allá arriba les tirábamos cambolos (ni piedritas ni boliches) a cuanto carro pasara.
Los preferidos eran los camellos, los originales. Cada vez que veíamos el M1 o M3 llovían piedras desde la loma. Hasta hoy no recuerdo haber roto una cabeza ni nada por el estilo. Lamentablemente los parabrisas de algunos autos no tuvieron la misma suerte.
Un día descubrimos incluso, y ese mérito sí es mío, que era mejor no correr sino quedarnos en el lugar como si nada hubiera pasado. Así si alguien venía les explicábamos que no fuimos nosotros, que cómo le íbamos a tirar piedras y quedarnos ahí como si nada, que nosotros éramos muy viejos pa esa bobería, que lo de nosotros ya eran las jevitas y los pornos y que habían sido unos niños de 10 años que corrieron por ese trillo o aquella cuadra.
Mientras otro chamas del barrio tocaban las puertas de las casas y corrían nosotros mejoramos el sistema. Tocábamos amablemente, cuando respondían pedíamos agua con cara de angelito y, por supuesto, cuando viraban con el vaso de agua nosotros ni andábamos por todo aquello. En 8vo grado nos enseñaron la reacción del zinc con un ácido ahí. La Profe cometió el error de explicarnos que eso mismo se lograba con pedacitos de la lata de refrescos y salfuman. Y allá fuimos nosotros e hicimos la primera bombita con un pomo bien cerrado lleno de salfuman y pedacitos de latas, cuando aquel gas hacía explotar el pomo el ruido era infernal. No matamos a ningún pobre custodio de milagro.
Hay cuentos peores. De ninguno me siento avergonzado aunque tampoco los cuento. Es normal que las personas hagan cosas estúpidas, la diferencia es que a los niños le perdonamos casi todos. A nadie se le ocurre decirle a un fiñe de 8 años que es un torturador porque le echó sal a una rana y vio cómo explotaba o porque usó a una lagartija de carnada para atrapar a una araña pelua'.
¿La verdad? Extraño mucho esa época, en la que al final todo se perdona. Ahora ya uno creció y, te guste o no, no siempre se perdona lo que haces y tienes responsabilidades ante todo lo que te rodea.